La Unción de los Enfermos: Sacramento del alivio y del consuelo.


 La Unción de los enfermos, llamada también Óleo Santo, es el sacramento, administrado por el sacerdote, que confiere una gracia especial al cristiano aquejado de cualquier enfermedad grave o de la vejez. Es también conocido como el sacramento del alivio y del consuelo. Para recibir dignamente la Unción de los enfermos es necesario estar en estado de gracia, confiar en la virtud del sacramento y en la divina misericordia, y finalmente abandonarse a la voluntad de Dios.

 Con la unción de los enfermos y la oración de los presbíteros, toda la Iglesia encomienda los enfermos al Señor paciente y glorificado, para que los alivie y los salve (Cf. St 5,14-16), e incluso les exhorta a que, asociándose voluntariamente a la pasión y muerte de Cristo (Cf. Rom 8,17; Col 1,24; 2 Tim 2,11-12, 1 Pe 4,13), contribuyan así al bien del Pueblo de Dios (LG 11).

¿Cuando se recibe?

 Es sumamente recomendablemente recibir la Unción de los enfermos cuando se está todavía en la plena posesión de las propias facultades, porque este sacramento, como todos los otros sacramentos, aumenta la gracia en proporción a las buenas disposiciones y al fervor de quien lo recibe. El tiempo oportuno para recibirlo comienza cuando el cristiano ya empieza a estar en peligro de muerte por enfermedad o vejez. Este sacramento puede ser repetido,  si el enfermo que ha recibido la unción se ha restablecido y, después, ha recaído de nuevo en la enfermedad, o también si, durante la enfermedad el peligro se hace más grave.

 En quien recibe con fe y devoción la Unción de los enfermos produce la unión con la pasión de Jesucristo, por el bien del enfermo y de toda la Iglesia, conforta y da la paz, concede el perdón de los pecados en el caso de que el enfermo no hubiese podido obtenerlo con el sacramento de la Penitencia, confiere también la salud del enfermo prepara para el eventual paso a la vida eterna. Cuando uno se siente más frágil, débil e impotente, es importante que alguien nos dé seguridad. Y la seguridad sólo puede venir de Dios.

 La caridad cristiana requiere que no se tenga en cuenta solamente el cuerpo, sino también el alma. Quien asiste a los enfermos está por tanto obligado a obrar de tal manera que no les falten los consuelos de la fe a aquellos que se encuentran cercanos al momento que decidirá su salvación eterna.

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