Ante el misterio del pan de
vida el sacerdote tiene que renovar su adoración, el cristiano confesar que es
un misterio que trasciende su inteligencia. La Eucaristía nos pone de
rodillas, confunde nuestro orgullo y nos abre a la humildad y al gozo de la fe
en la palabra y en el poder de Cristo. Solo así se convierte para nosotros en
misterio de luz y de vida.
La Eucaristía es, como recuerda el Vaticano II, el bien
supremo de la Iglesia,
Cristo Pan verdadero que con su carne vivificada y vivificante, por medio del
Espíritu Santo, da la vida a los hombres. Las palabras de la Institución de la Eucaristía: Tomad,
esto es mi cuerpo, ofrece a los discípulos algo para comer, no una idea
para comprender. Y ese algo es su cuerpo, su persona misma, la que va a ser
entregada; y entran en comunión con la misma persona de Cristo. Esta es mi
sangre de la Alianza,
derramada por todos, que mientras los discípulos se pasan el cáliz, la copa
de la pascua, y beben, saborean el misterio del vino - sangre de la uva - que
les permite empaparse de la sangre redentora y purificadora, la que va a ser
derramada.
Necesariamente el encuentro con Cristo Eucaristía es una experiencia
personal e íntima, y que supone el encuentro pleno de dos que se aman. Es por tanto imposible generalizar acerca de
ellos. Resulta lógico pensar que quien recibe esta Gracia, está en mayor
capacidad de amar y de servir al hermano y que además alimentado con el Pan de
Vida debe estar más fortalecido para enfrentar las pruebas, para encarar el
sufrimiento, para contagiar su fe y su esperanza. En fin, para llevar a feliz
término la misión, la vocación, que el Señor le otorgue.
Las visitas al Santísimo, las exposiciones y
bendiciones han de ser un momento para profundizar en la gracia de la comunión,
revisar nuestro compromiso con la vida cristiana; la verificación de cada uno
ante la Palabra
del Evangelio, el asomarse al silencioso misterio del Dios callado... Esta
dimensión individual del tranquilo silencio de la oración, estando ante él en
el amor, debe impulsar a contrastar la verdad de la oración, en el encuentro de
los hermanos, aprendiendo también a estar ante ellos en la comunicación
fraternal.
La Eucaristía es el Sacramento de la unidad, pues quienes reciben el Cuerpo de Cristo se unen entre sí en un solo
cuerpo: La Iglesia. La
comunión renueva, fortifica, profundiza esta incorporación a la Iglesia realizada ya por
el Bautismo. La Eucaristía
nos compromete a favor de los pobres; pues el recibir el Cuerpo y la Sangre de Cristo que son la Caridad misma nos hace
caritativos.
¿Qué hay del Precepto
Dominical?
Conviene
señalar aquí parte del pensamiento del anterior Pontífice S.S. Juan Pablo II:
Por tanto, quisiera
insistir, en la línea de la
Exhortación «Dies Domini», para que la participación en la Eucaristía sea, para
cada bautizado, el centro del domingo. Es un deber irrenunciable, que se ha de
vivir no sólo para cumplir un precepto, sino como necesidad de una vida
cristiana verdaderamente consciente y coherente... La Eucaristía dominical,
congregando semanalmente a los cristianos como familia de Dios entorno a la
mesa de la Palabra
y del Pan de vida, es también el antídoto más natural contra la dispersión. Es
el lugar privilegiado donde la comunión es anunciada y cultivada
constantemente. Precisamente a través de la participación eucarística, el día
del Señor se convierte también en el día de la Iglesia, que puede
desempeñar así de manera eficaz su papel de sacramento de unidad. (Novo Millennio Ineunte 35-36)
Condiciones para poder
comulgar
Para recibir la sagrada comunión se debe estar en
gracia de Dios. Si se tiene conciencia de pecado grave o mortal, es necesario
confesarse con un sacerdote antes de comulgar.
Como el precepto de misa dominical obliga
gravemente, se debe haber asistido a misa todos los domingos después de la
última confesión.
Si se vive
en pareja se debe estar casado por la Iglesia para poder comulgar.
Igualmente se debe haber guardado el ayuno
eucarístico que consiste en no haber comido ni bebido nada una hora antes de
comulgar. El agua y la medicina no rompen el ayuno.
El carácter de memorial que tiene la Misa, por definición, exige
de los cristianos la actitud de introducirnos al misterio pascual tal y como
es; no como recuerdo de algo que sucedió, sino asociándonos a una acción que
sigue verificándose hoy. Por ello cuando celebramos la Santa Misa, nos
trasladamos, nos hacemos presentes en la Cena del Señor y estamos con María al pié de la Cruz. Estamos
alimentándonos del Cuerpo y Sangre del Señor, estamos siendo salvados en virtud
de su sacrificio. Estaremos participando de la unidad en comunión con el Señor
y por ello podemos unir nuestros sacrificios y sufrimientos a los de Cristo.
Asimismo, la Misa
tiene un valor de impetración, es decir, nos consigue de Dios tales
gracias que sólo el desconocimiento de lo que se puede alcanzar con la Misa explica el poco empeño
que tantos católicos ponemos en no asistir a ella. En cuanto alabanza y acción
de gracias tiene un valor infinito, pues tiene a Dios como referencia y ahí no
hay límite para la acción de Cristo.
La Misa no es un acto puramente
personal del sacerdote o de cada fiel, sino eminentemente comunitario, pues es la Iglesia quien lo ofrece, y
la Iglesia es
un Cuerpo en el que todos sus miembros son solidarios, el cristiano que se
beneficia de la Santa Misa
no se debe beneficiar sólo para él, sino también para otros. En este sentido,
el celebrante, en cuanto ministro del sacrificio, es el auténtico sacerdote,
que lleva a cabo, en virtud del poder específico de la sagrada ordenación, el
verdadero acto sacrificial que lleva de nuevo a los seres a Dios. En cambio,
todos aquellos que participan en la Eucaristía, sin sacrificar como él, ofrecen con
él, en virtud del sacerdocio común, sus propios sacrificios espirituales,
representados por el pan y el vino, desde el momento de su presentación en el
altar.
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