El Bautismo, puerta de la Vida y del Reino
El Bautismo, puerta de la Vida y del Reino, es el primer sacramento de
la nueva ley, que Cristo propuso a todos para que tuvieran la vida eterna y que
después confió a su Iglesia juntamente con su Evangelio, cuando mandó a los
apóstoles: “Vayan, pues, y enseñen a todas las naciones, bautizándolas en el
nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (Mt 28,19). Muchos son los
nombres que recibe el Bautismo: baño de regeneración, iluminación, gracia,
sello de incorruptibilidad, renovación del Espíritu Santo… pero todos estos
nombres nos refieren a una misma realidad: la incorporación del hombre en la
vida de Cristo y de su Iglesia. En tal sentido el sacramento del Bautismo es
también una consagración del cristiano a Dios que actúa de una manera dinámica
en el hombre.
En
el Bautismo el hombre se hace hijo de Dios a través de la muerte y resurrección
de Jesucristo, por eso, los signos sacramentales del Bautismo nos recuerdan,
por la inmersión (ablusión) en el agua bautismal, la muerte al pecado y la
resurrección a la vida de la gracia. Al renacer a la vida el Espíritu Santo
llega a formar su morada en nosotros y nos impulsa a vivir como verdaderos
hijos de Dios.
Al ser ungidos con el santo crisma el día de
nuestro bautismo hemos sido consagrados de una manera especial por el Espíritu
Santo; nos sentimos inmersos en una comunidad que llamamos Iglesia, en la cual
vivimos y celebramos el misterio pascual de Cristo.
Esta pertenencia a la comunidad eclesial
exige de cada bautizado ciertas condiciones de vida como es: vivir como
verdaderos hijos de Dios, alimentar la fe, la esperanza y la caridad que se ha
recibido en el Bautismo, dar testimonio de palabra y de obra de la fe recibida,
hacer crecer las virtudes, dones y carismas recibidos por el Espíritu Santo,
trabajar y colaborar en las obras de apostolado para seguir extendiendo el
Reino de Dios; en una palabra: Crecer en la Gracia de Cristo.
Estas
condiciones de vida nos ayudan a caminar en la vida de la Iglesia en
común-unión de la experiencia de fe, pues todos vamos buscando llegar a la
consumación del Reino de Dios (Cfr. Rom 6, 1-11).
A partir de esta conciencia en el bautismo se
produce un giro decisivo entre el ANTES y el HOY. Ese cambio no es obra nuestra
sino el don de Dios, obra de su espíritu; pero esa obra ha de realizarse en un
estilo de vida nuevo (Proceso de Conversión).
Signos del Bautismo
Es preciso recordar que
el Bautismo es la puerta de entrada a los demás sacramentos, por ello, muchos
templos conservan el bautisterio a la entrada para irnos introduciendo es la
vida de la gracia de la redención, que nos ha adquirido Jesucristo por su muerte
en la cruz. La reforma que hizo el Concilio Vaticano II de la liturgia trasladó
la fuente bautismal cerca del altar de la Eucaristía pues todos los Sacramentos
tienden, de por sí, al Sacrificio Eucarístico de Cristo.
Al inicio de la
celebración se le marca la señal de la cruz al bautizado para distinguirlo con
el signo de Cristo. El anuncio de la Palabra de Dios ilumina con la verdad
revelada al candidato, y suscita una respuesta de fe irrenunciable. El óleo de
los catecúmenos prepara al candidato a la lucha contra el maligno, y así
preparado, pueda profesar la fe de la Iglesia en la cual será inserto por el
Bautismo.
El agua bautismal es y será siempre signo de
vida. Prefigurada en el antiguo testamento el agua, tras la caída por el
pecado, regeneró y dio un nuevo orden al mundo en el diluvio (Gn 7, 17-24. 9,
12-17), sació la sed del pueblo de Israel mientras peregrinó por el desierto
(Ex 17, 1-7) y otorgó la liberación al pueblo perseguido por los egipcios (Ex
14, 15-31).
Hoy el agua bautismal nos introduce en la vida de Cristo, nos libera del pecado original y nos inserta en la comunidad eclesial. Acompaña a la triple infusión del agua la fórmula bautismal: “N.- Yo te Bautizo en el Nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo” significando y realizando el dinamismo con el que la Trinidad actúa en nosotros.
La luz del cirio, prefigurada también en lo antiguo
(Ex 13, 20-22), iluminará el caminar de fe del bautizado, quien ha resucitado
con Cristo, vencedor de las tinieblas y luz del mundo. Esta llama será signo de
la fe que ha recibido por el sacramento del Bautismo y deberá acrecentar con
diligencia en la vida cristiana (Mt 5, 14; Flp 2, 15).
La unción con el santo crisma denota una
consagración para la misión que le ha sido confiada. La vestidura blanca
simbolizará la pureza que ha dejado en nosotros la gracia de Cristo y que
debemos conservar sin mancha hasta la vida eterna.

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