Entre los grandes frutos de la renovación conciliar la pastoral del sacramento de la Confirmación ocupa un lugar muy destacado. La celebración de este sacramento se ha convertido en uno de los momentos más importantes de la acción pastoral con las nuevas generaciones, que son el presente y el futuro de la Iglesia. La asistencia numerosa de adolescentes y jóvenes a las catequesis que los preparan, durante un tiempo prolongado, para la celebración de la Confirmación ha desbordado todas las expectativas.

Su vinculación con el Bautismo y con la Eucaristía subraya la unidad de la iniciación sacramental que se ha de entender como un todo. No se puede comprender, pues, la Confirmación si no es dentro de esa unidad. En efecto, cuando recibe la Confirmación, el adulto la recibe juntamente con el Bautismo y la Comunión. Y puesto que Bautismo, Confirmación y Eucaristía forman una unidad, resulta que «los fieles están obligados a recibir este sacramento en el tiempo oportuno» (CIC, C. 890).

Consecuencia de esto es que todos los bautizados deberían ser convocados a recibir este sacramento, que no puede entenderse como un sacramento de élites o sólo para grupos de selectos, porque con los otros dos, Bautismo y Eucaristía, forma el itinerario sacramental que ha de seguir en su iniciación el cristiano. Por medio de la Confirmación en efecto «los bautizados avanzan por el camino de la iniciación cristiana» («Ritual del Sacramento de la Confirmación», Praenotanda, 1).

En el sacramento de la Confirmación, los bautizados reciben una gracia especial del Espíritu Santo que los incorpora más perfectamente y los vincula más estrechamente a Cristo y a la Iglesia y los robustece para que difundan y defiendan la fe con obras y palabras como verdaderos testigos de Cristo (Cfr. LG, 11).

El don que Dios concede en la Confirmación, según las palabras del rito de la misma, es el Espíritu Santo. El Espíritu Santo es el don del amor de Dios que libera y recrea nuestra libertad: «Donde está el Espíritu del Señor, allí está la libertad» (2 Cor 3,17). Conducidos por este Espíritu, somos hijos de Dios (Cfr. Rom 8,14-17) y participamos de la libertad gloriosa de los hijos de Dios (Cfr. Rom 8,29). En el orden de la salvación nada podemos hacer sin la ayuda del Espíritu Santo, como reconoce la Liturgia en la fiesta de Pentecostés: «Mira el vacío del hombre / si tú le faltas por dentro; / mira el poder del pecado / cuando no envías tu aliento» (Secuencia de la Misa de Pentecostés).

Por el Bautismo, juntamente con la Confirmación, que por la gracia del don del Espíritu Santo afianza la fe y los compromisos bautismales, se inicia una trayectoria existencial que se expresa en un modo de vivir como hijos de Dios. Los bautizados y confirmados, por la dinámica misma de la fe, están llamados a emprender y a realizar, en libertad y disponibilidad, un camino hacia el ideal de justicia y de santidad al que han de tender; es decir, a afianzar su llamamiento y elección (Cfr. 2 Pe 1,10) y a seguir un proceso de transformación constante de sus vidas que refleje cada vez con mayor nitidez la santidad y la gloria de Dios (Cfr. 2 Cor 3,18).

Este afianzamiento y esa transformación forman parte, en efecto, de la entraña misma de la vida cristiana que es prueba de la verdad de nuestra fidelidad a Dios, ejercicio permanente en el combate cristiano contra las fuerzas del pecado y compromiso en la edificación del hombre nuevo que se debe construir sobre Jesucristo.

Por ello, no hay duda de que fomentar el crecimiento y la madurez de la fe de los confirmados es algo absolutamente necesario, de manera particular cuando viven en unas circunstancias sociales y culturales que no favorecen el desarrollo de la vocación cristiana. Pero la práctica pastoral, en la preparación de los confirmandos, no partirá de cero como si nada le hubiese ocurrido al candidato en su Bautismo y en su primera catequesis. Reconocemos, sin embargo, que los candidatos a la Confirmación pueden encontrarse a veces en tal situación que requieran un proceso previo de evangelización, en el sentido estricto de esta palabra, para que pueda aflorar en ellos el don de Dios que recibieron en el Bautismo y en los otros sacramentos.

En la Confirmación se actualiza el acontecimiento salvífico de Pentecostés en favor de unos bautizados; ellos reciben el don del Espíritu en su plenitud, con sus múltiples dones al servicio de la comunión y misión o crecimiento de la Iglesia en el mundo. Esta referencia de la Confirmación a Pentecostés y su vinculación ordinaria, en la Iglesia occidental, al Obispo, sucesor de los Apóstoles, promotor de la misión y vínculo de comunión, nos hace ver la dimensión específicamente eclesiológica de la Confirmación.


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